MUERTE DE CARLOS CART, UNA TRÁGICA HISTORIA NARRADA POR TRES CRONISTAS


[wide]

[/wide]

13 de Abril de 2012.

MUERTE DE CARLOS CART

Una trágica historia familiar narrada por tres cronistas-

 Por José Guillermo Rodríguez Escudero

El día 2 de julio de 1717 fue hallado el cadáver de Carlos Cart Fernández en la calle de la Marina de Santa Cruz de La Palma, frente al lugar conocido como el Varadero. Esta fecha es la que da por válida el cronista Jaime Pérez García (Santa Cruz de La Palma, 1930-2009). Sin embargo Juan-Bautista Lorenzo Rodríguez (Santa Cruz de La Palma, 1841-1908) sitúa la noche de autos cinco meses antes: el 2 de febrero de 1717. Se trataba, según estos cronistas e investigadores, de un famoso vecino de esta ciudad. No en vano se consideraba, de acuerdo a su posición, uno de los personajes de relieve en la cerrada sociedad aristocrática de la bella capital. Vivía en la conocida como Casa de Salgado, en la antigua calle de don Pedro, actual Pedro Poggio, en la trasera de la parroquia matriz de  El Salvador.

Despejando cualquier duda, en el Libro de Defunciones número 5 del Archivo de El Salvador, en magnífica escritura, queda reflejada la fecha de su óbito: “En dos días del mes de julio de mil setecientos diecisiete falleció Carlos Cart  hijo de Thomas Cart..”. Tres días después se ofrecieron los solemnes cultos fúnebres en honor al finado con el acompañamiento de autoridades eclesiásticas y civiles, gran concurso de pueblo,miembros de las órdenes religiosas, etc.

Como curiosidad, digamos que esta estrecha calle se llamó, desde el siglo XVI,  Calle de Don Pedro, por uno de los Regidores del antiguo Cabildo de la Isla y miembro destacado de aquella incipiente sociedad capitalina: don Pedro de Castilla. Pérez García en su riguroso estudio sobre las calles y familias de la capital palmense, nos informaba de que “en la relación del primer callejero oficial de Santa Cruz de La Palma (1865) conservó su nombre tradicional hasta que se le cambió por Pedro Poggio a fin de perpetuar la memoria del político palmero de este nombre que nació en una casa de esta calle…”

Una vez hecha esta apreciación, volvamos al suceso.

Todos los indicios apuntaban a que el joven había sido asesinado. Armando Yanes Carrillo (Santa Cruz de La Palma, 1884-1962) contaba lo que se decía de boca en boca sobre esta tradición: “Algunos familiares y compañeros de los pescadores, que a esas horas acudían a la caleta para ayudarles en la dura faena de varar sus barquitos, fueron sorprendidos, al cruzar la calle, con el macabro espectáculo de aquel hombre muerto, bañado en un charco de sangre, atravesado su pecho de una espada de combate”. En pocas horas, toda la vecindad ya conocía la noticia del espeluznante y macabro fin del caballero.

El alcalde constitucional Lorenzo Rodríguez añadía: “…bien fuese que estos vecinos supiesen desde luego la causa o motivo de aquella muerte, bien que, con su natural ingenio la presumiesen o maliciasen, es lo cierto que desde luego y quizás antes de que la justicia lo averiguase, ya corría en la población la reseña de lo ocurrido, sin que faltase el más insignificante detalle…” Lorenzo consignaba en sus célebres apuntes históricos aquellos rumores y murmuraciones que se extendían por la ciudad acerca de la hipotética causa de la muerte del mancebo.

Carlos Cart (escrito también Carr o Car) era hijo del capitán Thomas Carr, mercader inglés, y de Beatriz Fernández, palmera. La relación adúltera que –según las “malas lenguas”- mantenía con una dama de alcurnia, Petronila Fonte y Lordelo –adolescente esposa del rico gentil hombre Juan Massieu de Vandale-, hacía presagiar el  peor de los destinos para el muchacho. El asunto era ya del dominio público. Efectivamente, este casamiento traería nefastas consecuencias para don Juan, debido a que la presunta infidelidad conyugal de su esposa resultó ser cierta: ésta se veía clandestinamente con el joven Carlos.

Hay que trasladarse a aquella época para comprender las terribles consecuencias que el adulterio causaba en el honor de un matrimonio de prestigio como aquél. Petronila, como veremos, fue víctima “a la postre, de una sociedad e la que imperaba la posición patriarcal y los intereses y conveniencias de la familia, a la cual su marido la superaba en 22 años”.

Recordemos que Juan Massieu de Vandale y Monteverde (1671-1739), natural y vecino de Santa Cruz de La Palma, era hijo de Nicolás Massieu Vandale y Rantz y Ángela de Monteverde Ponte y Molina. Nicolás, su padre, había sido capitán de infantería de las Milicias y alguacil mayor de La Palma y había fundado la ermita de San Nicolás de Las Manchas. Juan era el primogénito de la poderosa familia. Para tener una somera idea de la importancia de esta saga en la sociedad de entonces, digamos que sus hermanos eran: Manuel, célebre doctor en Leyes, Arcediano de Canaria y deán; María Josefa, mecenas y benefactora de la Cofradía de San Pedro de El Salvador y fundadora de la ermita de la Caída; y Pedro, considerado una de las personalidades canarias más relevantes de la primera mitad del siglo XVIII, miembro del Consejo de Su Majestad, poderoso Oidor de Sevilla…

Juan había seguido la carrera militar, ostentando la graduación de capitán de infantería cuando se vio inmerso en la causa criminal por la muerte alevosa del joven Carlos Cart.

Se había casado a los 36 años en La Orotava con Petronila Paula Fonte y Lordelo, de 14 años, natural de esta Villa tinerfeña y procedente también de una rica familia aristocrática. Recordemos que el compromiso matrimonial solía hacerse entre personas de linaje y calidad, motivada por motivos familiares y de interés nobiliario, etc. El padre de la dama era Felipe Fonte Jácome de las Cuevas, capitán de caballos corazas de los Tercios de Flandes y maestre de campo de infantería de Tenerife.

Muchos eran los rumores que corrían por la ciudad acerca de la supuesta infidelidad de doña Petronila. Era público que esta poderosa dama tenía una relación extramarital con Carlos Cart. Don Juan Massieu –a pesar de que este peliagudo asunto ya se transmitía rápidamente en un rumor popular que corría en boca de todos- no creía estos chismes malintencionados que pretendían destruir su sólido matrimonio, fruto del cual tenía feliz descendencia, grandes riquezas, muy buena fama y mejor reputación. Se decía que todo era fruto de los celos que su mundo levantaba a su alrededor y que se trataba simplemente de una malévola campaña de desprestigio hacia su envidiada familia. Sin embargo, el asunto llegó a tales niveles, que alguien del círculo cercano de don Juan tuvo que hacerlo entrar en razones y revelarle el crudo secreto, muy a su pesar: su deshonra era ya pública.

Si bien Lorenzo Rodríguez informaba de que se trataba de “un amigo íntimo” el que le abría abierto los ojos, Pérez García escribía: “alertado don Juan Massieu por uno de sus criados de las visitas furtivas de Carlos Cart a su casa cuando él estaba ausente de la ciudad…” Yanes narra con detalle cómo había sido su esclavo negro el que, estando en la hacienda de Velhoco, no tuvo más remedio que sincerarse con su amo: “Mi amo, tengo que decirle una cosa muy grave […] Es que me creo en el deber y hasta en la obligación de advertirle que su mujer lo está engañando con un hombre, lo que he podido comprobar espiándola, y por ello se lo digo ahora ya”. Siguiendo con esta última narración, colérico, el señor, zarandeando al criado, lo amenazó con quitarle la vida si aquello fuese sólo una calumnia. Estaba decidido a cualquier cosa con tal de que su honor y su reputación no quedaran en entredicho.

A medida de que sus dudas empezaron a hacer mella en él ante la historia detallada sobre la traición de su adúltera consorte, optó por urdir un plan junto con su esclavo. Su forma de ser le obligaba a convencerse por sí mismo, antes de actuar, a pesar de que la incertidumbre lo asaltaba.

De esa forma, fingió hacer un viaje al campo durante varios días. Su propósito era –siguiendo la hipótesis de Lorenzo- regresar a su casa en la noche del mismo día de su marcha. Para Pérez García, sin embargo, el noble “había aprovechado una estancia en su hacienda de Velhoco para regresar de improviso a fin de comprobar la veracidad de lo que le habían informado”. Yanes detallaba el recorrido del amo y esclavo. Así, este cronista y marino, escribió el itinerario seguido hasta llegar a Velhoco. Ascendieron por la Cuesta de Calcinas, adentrándose en el “todavía hoy llamado Camino Viejo, cuesta arriba, para no llamar la atención”.Continuaba informando de que, una vez se hizo de noche cerrada, se echaron “fuera del camino y se dirigieron a un lugar oculto, previamente elegido, en donde estuvieron esperando algunas horas hasta el momento en que el negro creyera oportuno regresar”. Deshicieron entonces el camino, descendiendo por las cuestas hasta llegar frente a su mansión.

Hagamos un inciso. La actual y conocida como Casa Massieu Lordelo (actualmente en Calle Pérez de Brito, número 66), fue fabricada en la segunda mitad del siglo XVIII, por lo que no queda nada de aquella mansión de la que hacemos referencia en esta historia.

La parte trasera de la primigenia casona daba a una explanada limitada al este con la ribera del mar y al oeste con una gruesa muralla de alta construcción que delimitaba a la calle de La Marina junto al desemboque de la antigua calle llamada de Los Molinos. En esta planicie quedaban varados por el día numerosos barquitos de pesca que, caída  la tarde, se botaban a la mar. Durante toda la noche trataban de pescar, sobre todo chicharros y caballas. El oficio de pescador era de los principales de aquella época, puesto que el pescado constituía un alimento básico y fundamental para los vecinos.  Todo el mundo conocía a este lugar como “el varadero”.

Al llegar a esta zona trasera de su casa y, desde la oscuridad, el caballero apreció cómo la silueta de un hombre se hallaba arrimada a la pared de su domicilio, según Lorenzo Rodríguez. Yanes añadía más elementos a la escena. Por lo visto, el esclavo negro previamente había subido a una muralla hacia el callao de la ribera y, desde allí, avisó a su señor de que era el momento que trepase a donde aquél se encontraba. El caballero, según pudo observar, “hablaba muy recatadamente con una persona que estaba asomada en una ventana de la misma y ya no quiso más pruebas”. Pérez García lo describe con más detalle: “al ir a entrar en su casa por la calle de La Marina, halló al susodicho sobre unas travetas que están a la altura de una ventana de balaustre, junto a una casilla, sin techo, incorporada a las espaldas de su vivienda donde se hacía el aguardiente”.

Efectivamente, Yanes Carrillo describe mejor esta parte del exterior de la casa: “junto a su pared medianera, hacia el sur, existía un pequeño solar, protegido con sus correspondientes muros de piedra, y parcialmente cubierto con un improvisado cobertizo, dentro del cual tenía su propietario instalado un pequeño alambique, en el que, algunos años, destilaba ciertas cantidades de melazas que le mandaban del trapiche que poseía en sus fincas de Los Sauces, con el objeto de convertirlas en aguardiente de caña, bebida que era muy estimada y bien vendida en todos los pueblos de la Isla y, principalmente en éste entre la clase marinera, que tanto abundaba aquí en aquel entonces…”.

Sea como fuera, el descubrimiento del amante rondador en sus dominios le bastó para que todo su feliz mundo se hundiera en aquel preciso instante. La traición de su esposa se desvelaba crudamente ante sus ojos y sólo era posible un arreglo: la muerte de los ingratos bastardos. Furibundo, al acercarse al hombre, comprobó que se trataba del tantas veces nombrado Carlos Cart y, sacando su espada, arremetió contra él sin miramiento alguno. Lorenzo Rodríguez publicaba: “Don Juan se acerca a aquel hombre en quien conoce a Carlos Cart, y tirando ambos de las espadas, se traba la lucha”. Pérez García, no obstante, refleja otra realidad que veremos más adelante. El silencio de la noche sólo fue roto por el choque de los aceros. Los temerosos vecinos, ocultos, oyeron el ruido del combate pero ninguno de ellos hizo nada para detener el enfrentamiento. Nadie se metía con estos duelos que debían, por lo general, para restaurar la tan preciada honra. El cronista Lorenzo narraba: “ya sea que Massieu fuese más hábil en el manejo del arma, o que el delito acobardara a Carlos Cart al verse descubierto, es lo cierto que al poco rato cayó éste mortalmente herido”. Ciertamente, recordemos que Massieu era un diestro espadachín gracias a su exigente y exquisita preparación dentro de su ascendente carrera militar. Yanes Carrillo confirmaba que la tradición decía que “la espada ensangrentada era la del hijo del capitán y que la de don Juan estaba limpia de sangre, pero completamente torcida y mellada, encontrándose en su punta vestigios y aun residuos del encalado de la pared interior de la pequeña casa, a la que, seguramente por falta de visibilidad, lanzó varias estocadas, creyendo hacerlo al cuerpo de su enemigo a donde solamente quería dirigirlas”.

Debido a que no recibió auxilio alguno, Carlos Cart moriría instantes después a causa de aquellas terribles heridas. Dentro de aquel solar y en la oscuridad de la noche, “en donde se dirimió aquella grave cuestión de honor, sin más padrinos ni testigos que aquellas paredes que nunca pudieron hablar ni por lo tanto contarnos lo que sucedió en su recinto…”

Mientras tanto, don Juan, iracundo, penetró en su casa por una puerta trasera y se encontró con una de sus sirvientas -“que creyó cómplice de su mujer”- y la hirió también. Una versión popular cuenta que le había cortado una oreja. Yanes informaba de que vivían en la casa “un esclavo y una esclava negros”, pero no coincidía con tal versión. Según la tradición, la esclava negra había detenido su amo, arrojándose a sus pies y le agarró con sus brazos ambas piernas fuertemente, “pidiéndole clemencia para su señora y ama”. Seguía contando que “como tardara en soltarle, sacó su afilado puñal de la vaina pendiente del cinturón para hundírselo en el cuello, lo que no hizo, añadía, porque en ese momento, y en aquella actitud, se le pareció una Santa Catalina de su devoción que se veneraba en la iglesia de San Francisco”. Sin embargo, tras registrar todas las estancias de su casona, no pudo localizar a su infiel esposa.  Sí encontró una sábana enrollada y colgada por una de las ventanas que daban hacia la calle Real: Petronila se había fugado. Yanes llega a la misma conclusión, pero sólo puede cerciorarse de que no está en la casa y que, al ver las ventanas abiertas de par en par, comprendió “que por ella se debió haber escapado aquella infame que de esta manera amargaba su vida”. Más tarde confirma la misma versión del uso de las sábanas anudadas con la ayuda de su criada.

Efectivamente, se desveló el secreto: era su querida esposa la que había estado flirteando con Carlos Cart, su amante, desde uno de los ventanales. Petronila vio acercarse corriendo hacia su casa a un hombre y cómo éste comenzó a batirse en duelo con su amado. Es entonces cuando, aterrorizada, reconoció a su marido. Había descubierto su adulterio. Sabía perfectamente que su vida corría peligro y no tenía más remedio que huir. Corrió hacia el dormitorio conyugal, cogió unas sábanas, las enrolló y anudó para formar una especie de cuerda gruesa. Con ella llegó a una de las ventanas del salón principal y la lanzó al vacío. Luego se deslizó por la maromahacia la calle. La precipitación de la huída y su falta de habilidad provocaron su caída sobre los adoquines. Se fracturó una pierna. La joven señora, con grandes dolores, pudo arrastrarse hasta la casa de su vecino, el presbítero Pablo Mateo Barroso de Sá. Éste acudió presuroso hasta la puerta de la calle cuando oyó los repetidos e insistentes golpes. Sorprendido al ver a su amiga Petronila, la cogió en brazos y la introdujo en el domicilio. Cuando la angustiada dama terminó de narrarle la sobrecogedora historia que acababa de protagonizar, con toda celeridad, el religioso la agarró de nuevo y, saliendo por la puerta trasera, la condujo a la calle de San José. Desde allí pudieron ascender a trompicones hasta el Convento de Santa Águeda de monjas Clarisas, donde la dejó depositada a buen recaudo. Allí estaba segura.

A pesar de que Pérez García y Lorenzo Rodríguez son coincidentes en varios de estos puntos, para Yanes, la historia se desarrolló de otra manera. Cuando el colérico esposo comprobó que Petronila se había escondido en la casa del sacerdote, amigo y vecino de la casa, llamó con fuertes golpes en su puerta. El religioso, al oír los golpes, se asomó por una de las ventanas y “le dijera que perdía el tiempo en empeñarse en allanar su morada, puesto que no solamente le aseguraba que él no tendría fuerzas suficientes para romper su puerta”.  Incluso llegó a amenazarlo si intentaba entrar a su casa. Trató de convencerlo de que se ocultase en el convento franciscano o se entregara a la justicia. Lo que tenía que tener claro es que había asesinado al hijo de uno de los subordinados del Gobernador Militar de La Palma, lo que equivaldría a una condena a muerte.Luego sí confirma la hipótesis de la escapada por la puerta trasera hasta llegar al convento de las clarisas de Santa Águeda.

Ya de regreso y en su casa, el mismo presbítero recibe a Juan Massieu, que acude a él preguntando por su esposa. El desolado caballero le cuenta su versión de todo lo ocurrido. También le informa de que, infructuosamente, llevaba recorridas varias calles sin dar con su paradero. El historiador Lorenzo Rodríguez escribía que el sacerdote “trata de calmar, con prudentes consejos, la excitación de Massieu, y viendo que principiaba a aclarar el día sin haber tomado ninguna medida salvadora, se propone Barroso hacerle comprender la gravedad de lo sucedido y lo expuesto que estaba a ser preso y juzgado por la justicia si ésta, como era presumible, le consideraba autor de aquel atentado…” Tantas sugerencias y recomendaciones dieron su fruto, pues el abatido Massieu se dejó conducir por Pablo Mateo hasta el convento franciscano de la Inmaculada, donde quedó “encomendado a aquellos buenos Religiosos”.

Ahora regresemos a lo publicado por Pérez García en 2006. Según su narración, Juan Massieu habría reconocido su crimen ante el licenciado Isidoro Arteaga de la Guerra, “a quien despertó en su domicilio, entre la una y las dos de la madrugada del 2 de julio de 1717 para confesarle el hecho”.

Recordemos que Isidoro Arteaga (Santa Cruz de La Palma, 1670-1741) era clérigo presbítero. Había ocupado uno de los tres beneficios de la parroquia matriz de El Salvador, primero en calidad de servidor y después en propiedad, para el que fue presentado por Real Cédula de S.M. Felipe III, dada en Madrid el 18 de marzo de 1717.

Lorenzo Rodríguez desvelaba una declaración que el asesino hizo ante la Justicia, y que arroja otros datos ofrecidos por su colega Lorenzo, cien años antes. Según aquélla, don Juan “arrebatado de la ira en que lo puso aquel arrojo, le tiró (a Carlos Cart) con una pistola y viendo que el dicho se había arrojado de lo alto al suelo de dicha casilla, sin conocer si cayó por herido o se arrojó para acometerle con armas de fuego que presumió traerla, se entró dicho Don Juan en la casilla disparándole al agresor otra pistola, y luego sintió que le acometería tirándole algunas estocadas que resistió Don Juan más con las manos que con el espadín, porque al tirarle otra punta se le dobló dando en la pared o en otro obstáculo, por cuya causa se arrojó a la lucha y le quitó su espadín al dicho Carlos Cart, con lo que lo mató después de haberlo derribado en el suelo”.

Don Isidoro se desplazó hasta el lugar del siniestro a fin de comprobar si el joven galán aún vivía para asistirlo espiritualmente o, por el contrario, según la versión de Massieu, yacía inerte. El cronista aclara que “el clérigo, no obstante, fue a la casilla y habiendo comprobado in situ la realidad de la situación, llevó seguidamente a don Juan Massieu para ponerlo en el refugio de un convento”.

Comprobamos cómo las versiones son coincidentes en algunos puntos. Sin embargo, se constata que no concuerda el nombre del clérigo que ayudó a don Juan y a su esposa. Para Pérez García, Pablo Mateo Barroso de Sá fue quien auxilió a Petronila, pero no a su marido. A éste lo acogió Isidoro Arteaga de la Guerra. Para Lorenzo Rodríguez, en ambos casos, el clérigo es el mismo: Pablo Barroso. Se trata de otra de las muchas singularidades que se van encontrando en este confuso episodio.

Yanes Carrillo, sin embargo, cuando comprobó que era imposible vencer la resistencia de su vecino el presbítero y que era imposible que le entregara a su infiel esposa,  corrió a la parroquia matriz de El Salvador “e hizo levantar de su lecho a su buen amigo el señor Arcipreste, a quien enteró perfectamente de cuento le sucedía, pidiéndole a la vez su parecer sobre el consejo que por la ventana le había dado el otro sacerdote”. En vista de que este venerable religioso fuese de la misma opinión que su colega, y que ya amanecía, “a espuela de caballo salió con la mayor rapidez en dirección de aquel convento que se le indicaba y brindaba como único posible refugio en que poder acogerse…”

Efectivamente, en aquella época, existía el llamado “derecho de asilo”, privilegio del que gozaban los conventos y recintos sacros en “cuanto a poder admitir y acoger refugiados y amparados a su custodia, fuera por la causa que fuera, dentro de cuyo recinto, si lograba alcanzarlo, no tenía jurisdicción autoridad ni tribunal de ninguna clase…”

Lo que sí se desprende de los tres relatos es que se trató de un hecho luctuoso que alteró profundamente la monotonía imperante en la sociedad clasista de aquellos primeros años del siglo XVIII. Esto vino motivado, como vimos, por “tratarse de un personaje perteneciente a una de las familias más prepotentes de la Isla tanto en lo económico como en lo social, acaparadora de importantes cargos en la administración civil y militar”.

Veamos otra diferencia abismal entre ambas reseñas. Según Lorenzo Rodríguez, la justicia, a pesar de haber hecho todas las pesquisas necesarias, no pudo probar la autoría del asesinato de Carlos Cart. A esto se añadía el hecho de que en el cenobio, Massieu estaba a salvo, protegido: este asilo religioso tenía inmunidad y la justicia “no podía penetrar en él”.  Sea lo que fuera, Juan Massieu de Vandale permanecería entre los muros conventuales hasta su muerte, producida 22 años más tarde de su ingreso, el 27 de mayo de 1739, sin que jamás hubiese salido de esta clausura que se le impusiera.

Pérez García nos ofrece otra versión de los hechos. Según Jaime, esta serie de privilegios familiares, no fue óbice para que el “coronel don Antonio de Benavides, brigadier de los Reales Guardias de Corps de Su Majestad, Gobernador de las Armas de La Palma por especial comisión del comandante general del Archipiélago don Ventura de Landaeta, que protegía los derechos de Beatriz Fernández, madre del asesinado, iniciara las actuaciones al respecto por la vía militar”. Conociendo el temperamento déspota de Ventura, no es de extrañar el desenlace de esta versión de los hechos. La acumulación de problemas e incidentes que tuvo este tirano debido a su mal talante durante el desempeño de sus funciones, hizo que la Corte Real lo hiciera llamar. Jamás regresaría a Canarias. Uno de estos tristes episodios –recogidos por Pérez- nos da una idea de lo impío de su proceder. Al intentar entrar en el convento franciscano donde se refugiaba Juan Massieu, encontró una férrea resistencia del Padre Guardián. Sin embargo, obviando la tradicional inmunidad que el cenobio tenía, lanzó contra el monasterio a sus tropas armadas en varias ocasiones, violando la clausura. A pesar de que no quedó recoveco que no se registrase, no pudieron localizar al refugiado. Afortunadamente, presagiando este incidente, tuvieron tiempo de hacer una gran zanja en la huerta principal donde ponían a los perseguidos durante el día, cubriéndolos con unos grandes tablones y “sobre éstos extendían una pantanera”.Se refiere a la extensa y tupida enredadera donde nacen las ricas pantanas, especie de calabacines canarios de donde se extrae la pulpa para hacer la mermelada de “cabello de ángel”.

Yanes dulcificó la escena de la violación del espacio sacro por parte del Gobernador. En vista de que éste insistía en entrar en el convento para registrar sus dependencias, seguro de encontrar en ellas al asesino, el Prior “aguzando su ingenio lo más que pudo, le manifestó que le permitiera entrar a él solo para estudiar y ver con sus compañeros de congregación la manera de resolver este grave problema que se le presentaba a la Comunidad”. Pudo así convencer al jefe militar que le esperase en la portada del cenobio durante unos instantes. Rápidamente congregó a todos los frailes y los dispuso en dos filas, una frente a la otra y a continuación del pórtico, “completamente cubiertas sus cabezas y caras con sus correspondientes capuchas, y sus manos metidas dentro de la ancha manga del brazo contrario”. Al abrir las puertas, el Gobernador entró triunfalmente en el convento entre las hileras de monjes con las cabezas inclinadas. Era imposible ver sus rostros bajo aquellos ropajes. Después de haber rebuscado por todas las dependencias monásticas, y no encontrar al criminal, ordenó furioso a sus hombres que abandonaran el convento. Días más tarde, tras registrar toda la ciudad, recibió “la alcahuetería de que los frailes le habían engañado”. La versión dada por el delator era que Massieu junto con su esclavo negro se habían disfrazado de monjes y se hallaban escondidos entre las filas de frailes que le dieron la bienvenida. Sintiéndose traicionado y engañado, fuera de sí, ordenó formar a su tropa y lanzarla contra el convento, etc. Aquí la versión es coincidente con las anteriores, incluido el episodio de la calabacera que cubría las tablas de la zanja donde se ocultaron los refugiados.

Yanes narra como el Prior, cansado de que el arrogante e impulsivo Gobernador violase de forma reiterada su convento, hizo embarcar a su secretario con un detallado escrito para que el Obispo estuviese al tanto de todo lo ocurrido. La respuesta del prelado no se hizo esperar. La denuncia fue hecha ante el Capitán General y éste destituyó inmediatamente al causante de tanto atropello contra la inocente comunidad franciscana. El abatido militar fue trasladado a Tenerife en una de cuyas fortalezas fue encarcelado.

Otro asunto curioso es que doña Beatriz, madre de Carlos Cart, no hiciera referencia a su hijo muerto en el testamento que otorgó ante el escribano público Andrés de Huerta el 24 de agosto de 1739. En la herencia de Juan Massieu, éste versiona los hechos, dejando constancia de que su mujer se había llevado del domicilio conyugal “todas las galas, preseas y joyas de oro, perlas, esmeraldas que había yo costeado para su uso y lucimiento, así al tiempo que me casé como después, hasta que se embarcó con otras cosas más”. Pérez García transcribe este texto fechado el 27 de mayo de 1739 (Archivo General de La Palma, Escribanía de Pedro Escobar y Vázquez).

El Provincial de la Orden había concedido autorización para que el ilustre inquilino fabricase a su costa un recinto dentro del convento para que habitase con la mayor comodidad e independencia. Lorenzo Rodríguez nos informa de que “así lo hizo, que es el mismo que se llama hoy Casa de la Misericordia, por haberlo fabricado sobre el salón que esta Confraternidad tenía allí”. Continuaba diciendo que “en el testamento otorgado por el dicho don Juan, en 8 de diciembre de 1733, ante Pedro de Escobar y Vázquez, el cual fue abierto y protocolado en 27 de mayo de 1739 ante el mismo Escribano, deja al Convento de San Francisco para enfermería de sus religiosos, la sala alta que fabricó sobre el salón de la Misericordia, y encargó a sus hijos fabricasen el Camerín de la Virgen de la Concepción, que él no había hecho por no haber obtenido aún la competente licencia”. Pérez García escribió también sobre el que llegara a ser benefactor de esta comunidad religiosa que tanto le había protegido. Así, Juan Massieu, ya dedicado a obras de caridad para purgar su pecado, había instituido “la fiesta en honor de San Juan Bautista y San Antonio, en la ermita de San Pedro de Argual, cuyas efigies había donado merced a su particular devoción”.

Tras el lamentable suceso que generó todos estos acontecimientos e historias, el 14 de julio de 1717, Juan Massieu envió una carta a su hermano Pedro, ausente en Sevilla. En ella se deshacía en elogios hacia los franciscanos por la ayuda prestada. Recordemos que habían transcurrido tan sólo doce días de la tragedia que cambiaría tantas vidas. Pérez García recoge algunos párrafos: “El Provincial de este convento llamado fray Juan García estaba visitando al tiempo que me refugié y se ha lastimado mucho de mi fatalidad y de lo mucho que he sufrido y padecido, y va empezado en poner a los superiores y padrastro la ceniza en la frente y desengañarlos de la gran parte que han tenido con sus consejos en los procedimientos”.

La crónica de Lorenzo informaba de que Petronila, tras permanecer poco tiempo en el convento de las clarisas, se embarcó para Gran Canaria y jamás regresó a La Palma. Pérez García escribe que, una vez llega al monasterio de monjas claras donde fue depositada por Pablo Mateo, “más tarde se ausentó de la ciudad y pasó a residir a Tenerife”. Esto es más lógico, teniendo en cuenta que su familia vivía en La Orotava. Incluso existe una clara diferencia entre la “huída con nocturnidad” descrita por Lorenzo y el “viaje apacible” que sugiere Pérez. Éste sí hace mención a la desaparición de Petronila cuando se refiere a los hijos tenidos en el matrimonio, de los cuales tan sólo dos alcanzarían la edad adulta: Nicolás Antonio y Felipe Manuel, nacidos en 1710 y 1712, respectivamente. Así, nos informa de que “ambos estaban en su niñez cuando se produjo la tragedia familiar y por ello, debido a la ausencia de su madre, quedaron bajo la patria potestad del padre aunque sin convivir con él puesto que éste, refugiado y sin salir del convento en los primeros instantes del proceso abierto por la Justicia, tuvieron que ser acogidos por sus allegados, siempre bajo el control y tutela de su progenitor”.

A este respecto, recordemos que Lorenzo Rodríguez informaba de que jamás había salido del convento en los últimos 22 años de su vida. Sin embargo, Pérez García recogía una tradición oral que se había transmitido. Se decía que por las noches hacía las únicas escapadas fuera del recinto conventual, a caballo. Generalmente era el mismo itinerario: hacia su finca de Velhoco de Arriba, “cuando aún le era posible hacerlo, pues a medida que pasaron los años se resintió su salud”. En las frecuentes cartas que enviaba a su hermano Pedro a Sevilla le iba enumerando las diversas dolencias, como los ”dolores de la gota”. Su muerte se produjo a las tres de la tarde del 24 de mayo de 1739. Fue enterrado, cumpliendo sus disposiciones, en la capilla de San Nicolás de Bari, en la iglesia del convento franciscano, al que tanto favoreció en señal de agradecimiento, la cual se había erigido en fastuoso panteón familiar.

Lorenzo Rodríguez terminaba su crónica diciendo: “esta relación no sólo está basada en la tradición sino también en documentos que tenemos a la vista, y si algún día llegan a confeccionarse estos apuntes para que vean la luz pública, deben suprimirse los nombres propios”.

BIBLIOGRAFÍA

Archivo de la parroquia matriz de El Salvador, Libro 5º de Defunciones (15 de enero de 1709-7 de octubre de 1723), folio 184 (recto)

LORENZO RODRÍGUEZ, Juan Bautista. Noticias para la Historia de La Palma, La Laguna-Santa Cruz de La Palma, 1975

NOBILIARIO DE CANARIAS (4 tomos). J. Régulo, editor. La Laguna, 1952-1967.

PÉREZ GARCÍA, Jaime. Casas y Familias de una Ciudad Histórica: La Calle Real de Santa Cruz de La Palma, Madrid, 1995

- Idem. Fastos Biográficos de La Palma, Santa Cruz de La Palma, 2009

- Idem. La Casa del mayorazgo tercero de los Massieu Monteverde, sede de CajaCanarias en La Palma, CajaCanarias, Santa Cruz de La Palma, 2006

YANES CARRILLO, Armando. Narraciones que parecen cuento, Santa Cruz de La Palma, 1954

[aside] [box bg="#D7E36F   " color="#fffff"]

Historia y tradición

 

José Guillermo Rodríguez Escudero

Ver ficha completa>>

[/box] [/aside]
Print Friendly

banner destaca tu evento revista la palma

Tus comentarios nos ayudan a mejorar

Condiciones:
* Esta es la opinión de los internautas, no de La Revista de La Palma.
* No está permitido verter comentarios contrarios a las leyes españolas o injuriantes.
* Reservado el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
* Se amable. No hagas spam.

Publica tus pensamientos