CLUB DE LECTURA EN LA BIBLIOTECA ANTONIO ABDO, “LA MONARQUÍA” DE QUIM MONZÓ


Miércoles 13 de Junio de 2012.

A las 20:00 horas. en la Biblioteca Municipal de Teatro Antonio Abdo. S/C de La Palma.

Club de lectura en la Biblioteca Municipal de Teatro Antonio Abdo.

Cuento: «La monarquía» de Quim Monzó.

Presentación: Pamen Cabrera Monzón.

Entrada libre.

Quim Monzó (Barcelona, 1952) además de escritor de ficción, también es un columnistas muy populares en Cataluña. Ha ejercido de diseñador gráfico, dibujante de cómics, corresponsal de guerra, autor de letras de canciones, guionista de radio y de televisión, traductor … 

Se dio a conocer en 1976 al ganar el Premio Prudenci Bertrana con la novela L’udol del grisó al caire de las clavegueres (El aullido del grisón al borde de las cloacas). Además ha ganado otros premios como el premio Nacional de literatura, el Ciudad de Barcelona de narrativa, el de novela El Temps, el Lletra d’Or, el de los Escritores Catalanes, el Maria Àngels Anglada, el Trajectòria y, en cuatro ocasiones, el premio de la Crítica, que otorga Serra d’Or.

Escribió, con Cuca Canals, los diálogos de Jamón, jamón de Bigas Luna. Es autor de El tango de Don Joan, con Jérôme Savary.

Su libro “El porqué de las cosas” es una colección de relatos que escarba en el absurdo y en los lugares comunes de los sentimientos amorosos.

El porqué de las cosas reúne treinta textos. Diseccionado el conjunto, encontramos tres grandes bloques en que puede dividirse: historias que cuentan la indisoluble relación hombre y mujer (pongamos por caso los relatos “Vida matrimonial”, “‘El cíclo menstrual”, “La inopia” y “Entre las doce y la una”), y partiendo siempre de una particular visión del asunto amoroso; las de hombres que se enfrentan a toda una suerte de adversidades que los superan (el ejemplo más extraordinano es el citado, “La euforia de los troyanos”), en esa permanente búsqueda de superación que sólo se hallará cuando “atraviese la estratosfera, la atmósfera y la exosfera, llegue ai espacio exterior, salga del sistema soiar, de la galaxia y, unos cuantos años luz más allá, se pare y, mientras esquiva meteoritos, busque infructuosamente un lugar donde reposar” (pág. 79); y, en tercer lugar, la mofatura de los tópicos, centrados en aquellos relatos en que Monzó cambia el sentido de conocidos cuentos populares (“El sapo”, “La bella durmiente”, “La monarquía” o “La fauna”), donde leemos que un sapo se convierte en un prisma de cien mil colores que esconde —sorpresa— una muchachita de cabellos dorados, o la visión sucesiva de una doncella en el bosque que duerme sobre una litera y, a unos veinte o treinta metros, se encuentra otra doncella que duerme…; el no menos sorprendente final de una escandalosa versíón de la Cenicienta, o la felicídad extrema del gato, que tras una atropellada persecución consigue atrapar al ratón, lo ensarta en un tenedor, de cuyas hendas brota un chorro de sangre, logra freirlo poco a poco, entre chillidos tan frenéticos que obligan al gato a taparse los oídos. La crueldad manifiesta aquí es extrema.

“La Monarquía”

“Todo gracias a aquel zapato que perdió cuando tuvo que irse del baile a toda prisa porque a las doce se acababa el hechizo, el vestido retornaba a la condición de harapos, la carroza dejaba de ser carroza y volvía a ser calabaza, los caballos ratones, etcétera. Siempre la ha maravillado que sólo a ella el zapato le calzase a la perfección, porque su pie (un 36) no es en absoluto inusual y otras chicas de la población deben de tener la misma talla. Todavía recuerda la expresión de asombro de sus dos hermanastras cuando vieron que era ella la que se casaba con el príncipe y (unos años después, cuando murieron los reyes) se convertía en la nueva reina. El rey ha sido un marido atento y fogoso. Ha sido una vida de ensueño hasta el día que ha descubierto una mancha de carmín en la camisa real. El suelo se le ha hundido bajo los pies. ¡Qué desazón! ¿Cómo ha de reaccionar, ella, que. siempre ha actuado honestamente, sin malicia, que es la virtud en persona?

Que el rey tiene una amante es seguro. Una mancha de carmín en la camisa siempre ha sido prueba clara de adulterio. ¿Quién será la amante de su marido? ¿Debe decirle que lo ha descubierto o bien disimular, como sabe que es tradición entre las reinas, en casos así, para no poner en peligro la institución monárquica? ¿Y por qué el rey se ha buscado una amante. ¿Acaso ella no lo satisface suficientemente? ¿Quizás porqueque se niega a prácticas que considera perversas (sodomía y lluvia dorada, básicamente) su marido las busca fuera de casa?.

Decide callar. También calla el dia que el rey no llega a la alcoba real hasta las ocho de la mañana, con ojeras de un palmo y oliendo a mujer. (¿Dónde se encuentran? ¿En un hotel, en casa de ella, en el mismo palacio?) Hay tantas habitaciones en este palacio, que fácilmente podría permitirse tener la amante en cualquiera de las dependencias que ella no conoce.) Tampoco dice nada cuando los contactos carnales que antes establecían con regularidad de metrónomo (noche sí, noche no) se van espaciando hasta que un día se percata de que, desde la última vez, han pasado más de dos meses.

En la habitación real, llora cada noche en silencio; porque ahora el rey ya no se acuesta nunca con ella. La soledad la reseca. Mil veces hubiera preferido no ir nunca a aquel baile, o que el zapato hubiese calzado en el pie de cualquier otra muchacha antes que en el suyo. As¡, cumplida la misión el enviado del príncipe no hubiera llegado nunca a su casa. Y en caso de que hubiera llegado, mil veces hubiera preferido incluso que alguna de sus hermanas calzara el 36 en vez del 40 y 41, números demasiado grandes para una muchacha. Así el enviado no habría hecho la pregunta que ahora, destrozada por la infidelidad del marido, le parece fatídica: si además de la madrastra y las dos hermanastras habría en la casa alguna otra muchacha.

¿De qué le sirve ser reina si no tiene el amor del rey? Lo daría todo por ser la mujer con la cual el rey copula extraconyugalmente. Mil veces preferiría protagonizar las noches de amor adúltero del monarca que yacer en el vacío del lecho conyugal. Antes querida que reina.

La antigua cenicienta decide avenirse a la tradición y no decirle al rey lo que ha descubierto. Actuará de forma sibilina. La noche siguiente, cuando tras la cena el rey se depide educadamente, ella lo sigue de forma disimulada. . .


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