EL CABILDO TRABAJA EN LA RESTAURACIÓN DEL RETABLO MAYOR DE LA IGLESIA DEL SALVADOR


21 de marzo de 2012.

El Cabildo trabaja en la restauración del retablo mayor de la Iglesia Matiz de El Salvador

La pieza principal del retablo en un cuadro de grandes dimensiones pintado por Antonio María Esquivel (Sevilla 1806 – Madrid 1857)  

El Cabildo de La Palma, a través de su Consejería de Cultura y Patrimonio Histórico y el Taller de Restauración de Pintura y Escultura de la Institución, y la propia parroquia de El Salvador, está trabajando en las tareas de restauración del retablo principal de la Iglesia Matriz de El Salvador, en Santa Cruz de La Palma. La actuación cuenta con la colaboración desinteresada en el montaje y préstamo de los andamios necesarios para realizar los trabajos de la empresa Construcciones Caman S.L. que dirige el palmero Aurelio Castro Pérez.

La consejera insular de Cultura y Patrimonio Histórico, María Victoria Hernández, ha realizado una visita a estos trabajos acompañada por el párroco José Francisco Concepción Checa.

Efectuada la toma de datos por parte de las restauradoras de pintura del Cabildo de la Palma, Isabel Concepción Rodríguez e Isabel Santos Gómez, se comprueba que la obra consta de elementos diferenciados en cuanto a soporte y técnica. Por un lado está la pintura sobre lienzo de “La Transfiguración”, realizada por el artista Antonio María Esquivel (Sevilla 1806 – Madrid 1857) para el centro del altar mayor con fecha de 1837, por otro lado, la parte arquitectónica que arropa el cuadro, y por último, rematando el retablo, una pareja de ángeles  obra del imaginero orotavense Fernando Estévez del Sacramento (La Orotava 1788 – 1854), que adoran una gloria luminosa rodeada de rayos con el ojo de Dios en el centro.

Todos  los elementos que conforman el retablo de altar mayor están realizados en madera de cedro y posteriormente se  policromaron  con las imitaciones marmóreas y se doro en los remates de las columnas corintias,  en las cornisas del entablamento y rayos que rodean la gloria de nubes que corona el retablo.

La obra tiene unos diez metros de altura y para acceder se ha montado un andamio con una división de seis niveles, incluyendo bajo y ático, cuya cesión y trabajos de montaje han sido realizados, de manera desinteresada, por la empresa Construcciones Caman.

El estado de conservación que se observa en el retablo al iniciarse los trabajos en enero de este año es muy buena y estable en cuanto al soporte de madera, y no presenta ataque de insectos.  El lienzo está sujeto a un tablero y no esta destensados aunque sí craquelado pero sin perdida de policromías presentando un buen estado.

Toda la obra está  recubierta con una gruesa capa de barniz muy alterada que le confiere un tono muy oscuro al cuadro y al conjunto en general. Además de una capa de polvo y repintes puntuales en zonas muy determinadas del retablo y de manera total en los ángeles que coronan el ático que se encuentran totalmente repintados de pintura blanca.

Una vez completado el estudio previo y tomadas todas las imágenes de la obra antes de su restauración se efectúo la retirada del polvo, se realizaron los test de solubilidad  en diferentes zonas tanto del cuadro como del retablo, comprobando que la película alterada  y oxidada de barniz se retiraba sin dificultad. De esta manera se comienza a trabajar empezando por la zona del ático y descendiendo en los siguientes niveles.

La iglesia de El Salvador del Mundo se cree que fue erigida entre 1494 y 1500, si bien en aquellos comienzos constituiría un pequeño recinto sacro de una sola nave que fue agrandándose a medida que transcurría el tiempo y las diversas generaciones iban queriendo plasmar su huella en ella.

Figura indiscutible de ese movimiento fue el sacerdote Manuel Díaz (1774-1863), rector de la iglesia de El Salvador desde 1817. Cabecilla del partido liberal, tachado de masón y enemigo del absolutismo, fue víctima de una persecución, tanto de orden eclesiástico, como político, por sus ideas.

En torno a 1813, el párroco Manuel Díaz y su más íntimo colaborador, el sacerdote y arquitecto don José Martín de Justa, vinculado en todos los órdenes a la figura de Díaz, emprendieron la reforma neoclásica de la iglesia de El Salvador, iniciada por las capillas laterales de las naves y seguidas poco después por la cabecera.

La construcción del retablo del altar mayor (1840) y del tabernáculo fue una obra cuidadosamente meditada ya desde 1818. El diseño arquitectónico del retablo fue obra de Martín de Justa, mientras que al señor Díaz se deben los jaspeados de apariencia marmórea, los cortinajes fingidos que decoran el testero de la capilla mayor y la ingeniosa y teatral maquinaria que acciona el expositor del tabernáculo, dejando ver la custodia.

Según cuenta el profesor Jesús Pérez Morera, “sorprende descubrir que la capilla mayor de la iglesia de El Salvador pueda ser considerada como un templo masónico. Sin embargo, y para quien conoce el siglo XIX palmero, este hecho resulta perfectamente comprensible en una sociedad acostumbrada a tratar con toda familiaridad la liturgia masónica y en la que liberalismo, masonería y altar marcharon muchas veces por la misma senda”.

SIMBOLOGÍA MASÓNICA DEL RETABLO MAYOR DE LA IGLESIA DE EL SALVADOR DE SANTA CRUZ DE LA PALMA (CANARIAS)

Jesús Pérez Morera

En los umbrales de 1820 existía en La Palma un taller masónico, formado por las personalidades más relevantes del grupo liberal. A sus reuniones, según resulta de los procesos practicados durante la reacción absolutista, asistían con cierta frecuencia elementos del sector del clero adictos al sistema constitucional (2), como don Francisco Morales, don José María Carmona, don Domingo Carmona, don Vicente Cabezola y don José Joaquín Martín de Justa -que dirigió, como luego veremos, la parte arquitectónica del retablo mayor de El Salvador.Sorprende descubrir que la capilla mayor de la iglesia de El Salvador de Santa Cruz de la Palma pueda ser considerada como un templo masónico. Sin embargo, y para quien conoce el siglo XIX palmero, este hecho resulta perfectamente comprensible en una sociedad acostumbrada a tratar con toda familiaridad la liturgia masónica (1) y en la que liberalismo, masonería y altar marcharon muchas veces por la misma senda.

Sin embargo, la figura indiscutible del movimiento liberal palmero fue el sacerdote Manuel Díaz (1774-1863), rector de la iglesia de El Salvador de Santa Cruz de la Palma desde 1817. Cabecilla del partido liberal, tachado de masón y enemigo del absolutismo, fue víctima de una persecución tanto de orden eclesiástico como político a causa del enérgico exhorto que dirigió a sus feligreses en 1820 con motivo del advenimiento del sistema constitucional, calificado por el tribunal teológico que lo examinó de monstruoso, sacrílego y viciado de liberalismo. En su defensa reafirmó la necesidad de reconocer “la gran afinidad que hay entre la religión cristiana, la verdadera filosofía y la libertad bien entendida” (3). Inclinado también hacia las bellas artes, se le conocen obras pictóricas, escultóricas y musicales.

El mito creado en La Palma en torno a la supuesta pertenencia del cura Díaz a la masonería, fama y voz pública “a la que ha contribuido -según escribe el profesor J. Régulo- el emblema que adorna su estatua en la plaza principal de Santa Cruz de la Palma” (4), no ha podido ser demostrado documentalmente (5). El doctor M. de Paz, en su Historia de la Francmasonería en Canarias, ha señalado que “el caso no sería del todo extraño si pensamos que, durante el primer cuarto del siglo, era un hecho frecuente que los clérigos progresistas, como otros tantos liberales, acudieran a las logias”; añade el mismo autor:

“En honor a la verdad hay que decir también que ciertas reformas en la iglesia de El Salvador de Santa Cruz de la Palma, atribuidas al párroco liberal, como son la colocación ornamental del sol y la luna en el altar mayor, o la existencia de un gran triángulo inscrito en una circunsferencia en el techo de la sacristía, hacen pensar en esa vinculación del padre Díaz con los masones” (6).

Asimismo, en 1897 se erigió en el centro de la plaza principal de Santa Cruz de la Palma, a pocos pasos del lugar donde el cura Díaz había muerto al caer de las escaleras del atrio de la iglesia, un monumento conmemorativo en su honor, elevado por iniciativa de los miembros de la logia palmera “Abora n.° 91″ y especialmente de su venerable varias veces, don José García Carrillo, grado 33 y a la sazón alcalde presidente del Ayuntamiento capitalino (7).

La cara delantera del pedestal presenta lápida marmórea con varios emblemas alusivos al magisterio eclesiástico y a las cualidades artísticas y humanas del homenajeado, como son el laurel, la palma del martirio, el cáliz, la paleta y la partitura musical. En la parte posterior aparece el relieve del “pelícano con sus crías” y la inscripción latina: “Qui Decus et splendor sacrati ad limina templi / Occubuit, zelus víctima facta sui / XDCCCLXIII”; Que honor y esplendor, cayó muerto en los umbrales del sagrado templo víctima de su celo (8).

Para los masones, el pelícano, que desgarra su pecho para alimentar con su propia sangre a sus crías, es el símbolo de la Caridad, de la Filantropía. Este mismo emblema figura también en la puerta del sagrario del tabernáculo del altar mayor de la iglesia de El Salvador -que estudiaremos seguidamente-, aunque aquí su significado sea eminentemente eucarístico y cristológico.

EL RETABLO MAYOR Y EL TABERNÁCULO DE LA IGLESIA DE EL SALVADOR

En torno a 1813, el párroco don Manuel Díaz y su más íntimo colaborador, el sacerdote y arquitecto don José Martín de Justa, vinculado en todos los órdenes a la figura de Díaz, emprendieron la reforma neoclásica de la iglesia de El Salvador de Santa Cruz de la Palma, iniciada por las capillas laterales de las naves (9) y seguidas poco después por la cabecera.

La construcción del retablo del altar rnayor (1840) y del tabernáculo, colocado el día de El Salvador de 1841 (10), fue una obra cuidadosamente meditada ya desde 1818 (11). El diseño arquitectónico del retablo fue obra de Martín de Justa, mientras que al señor Díaz se deben los jaspeados de apariencia marmórea, los cortinajes fingidos que decoran el testero de la capilla mayor y la ingeniosa y teatral maquinaria que acciona el expositor del tabernáculo, dejando ver la custodia. Antonio Rodríguez López (1936-1901), biógrafo de don Manuel Díaz, describe detalladamente este mecanismo:

“… en el momento en que se pone patente la sagrada Hostia es cuando el esbelto tabernáculo revela la vigorosa imaginación del genio: en el solemne instante de la esposición del Sacramento, por medio de un mecanismo invisible elévase la cúpula de que penden las cortinas que forman el tabernáculo, al mismo tiempo que éstas divididas en dos y saliendo por entre las columnas son recogidas hacia los lados por dos pequeños ángeles que las suspenden en forma de pabellón: debajo de este pabellón aparece un haz de espigas doradas que sostienen, un orbe; el haz y el orbe se dividen de alto a bajo en dos mitades y se retiran describiendo dos cuartos de círculo en rotación hacia atrás, y aparece en su centro la custodia con la Majestad Divina que resplandece bajo el hermoso pabellón del tabernáculo. Para cubrir el Sacramento, el haz y el globo vuelven a cerrarse, y el pabellón desciende, volviendo a caer perpendicularmente el cortinaje.
En esta obra no se sabe qué admirar más, si el hábil mecanismo que tan bello efecto produce, o la riqueza de imaginación con que se ha verificado aquel conjunto armonioso de los inmóviles rasgos de la arquitectura con la aérea y caprichosa forma de la movible tienda de tela” (12).

Los promotores de la reforma, que llevaron a cabo las obras con el cuantioso legado de don Cristóbal Pérez Volcán, natural de Santa Cruz de la Palma y vecino de La Habana, tampoco escatimaron gastos y no dudaron en acudir a los artistas de mayor renombre de su tiempo: Antonio María Esquivel, que pintó en 1837 el gran cuadro de la Transfiguración para el centro del altar mayor, y Fernando Estévez, la gran figura de la plástica canaria del siglo XIX, amigo personal del cura Díaz, autor de los dos ángeles turiferarios y los relieves del tabernáculo y de la pareja de ángeles que adoran el triángulo luminoso del remate del retablo.

En 1820 llegó de Madrid un diseño, autorizado por un arquitecto académico “de la mejor nota”, para la construcción del tabernáculo (13). Sin embargo, el proyecto quedó paralizado con la caída del Trienio liberal y el proceso de infidencia iniciado contra don Manuel Díaz, circunstancias que forzaron al párroco de El Salvador a trasladar su residencia a Tenerife (14). Nuevamente las obras del tabernáculo y retablo mayor cobraron impulso en 1835, con el regreso definitivo del señor Díaz.

Posteriormente, en 1838, cuando el tabernáculo ya esta casi concluido de maderas y se preparaba para dorar y pintar, la secretaría episcopal de Tenerife abrió expediente contra los párrocos de El Salvador, don Manuel Díaz y don Sebastián Remedios y Pintado, por haber formado el diseño del tabernáculo sin contar con el conocimiento del primer obispo de la diócesis, don Luis Folgueras y Sión. El prelado, defensor acérrimo del absolutismo y enemigo declarado de las sociedades secretas, decretó la suspensión de las obras y el envío a su secretaría del diseño del tabernáculo y del cuadro de Esquivel, que no fueron devueltos hasta 1839, no sin antes apostillar algún defecto en relación con la pintura de la Transfiguración y la narración del texto evangélico:

“… en la que se da á entender bastantemente que el Señor no se elevó en los aires, sino que sus sagrados Pies permanecieron fijos sobre la tierra…” (15).

LECTURA SIMBÓLICA

El simbolismo de la logia masónica se inspira en el templo de Salomón, el habitáculo divino, el lugar que llenó la nube o gloria de Yavé. Por esta razón, sellos, emblemas y calendarios masónicos presentan habitualmente el frontispicio del templo de Jerusalén con las dos columnas “Yaquín” y “Boaz” destacadas a uno y otro lado del pórtico del santuario y coronadas por una gloria luminosa con el ojo de Dios en el centro; sobre las columnas, levantadas encima de una escalinata, aparecen también el sol y la luna

El paralelismo que esta representación alegórica del templo masónico presenta con el retablo mayor de la iglesia de El Salvador de Santa Cruz de la Palma salta a la vista; dos únicas columnas corintias, de orden gigante, soportan un entablamento y un parapeto, que corona el triángulo con el ojo de Dios rodeado de una gloria de nubes y rayos. El sol y la luna, pintados por el cura Díaz, figuran junto a los capiteles de las columnas, sobre el cuadro de la Transfiguración.

En todas las logias masónicas existen dos columnas en la puerta de entrada, señaladas con las iniciales I y B. Son “Yaquín” y “Boaz”, las columnas de bronce que Salomón levantó en el vestíbulo del santuario, delante del santo tabernáculo de Dios (Reyes 7, 13-22). Ambas columnas, de 18 codos de altura y capiteles de flores, fueron modeladas por Hiram, obrero del cobre, fundador, según la liturgia y el simbolismo masónico, de la Orden del Gran Arquitecto del Universo.

El poeta Antonio Rodríguez López escribía, en 1868, sobre el retablo de El Salvador:

“Es un magnífico retablo de órden corintio de una sencillez severa y esbelta: dos solas columnas sobre sus pedestales sostienen el entablamento: sobre el entablamento no hay frontón ni remate alguno arquitectónico; un zócalo corrido sirve de base á dos grandes ángeles arrodillados á ambos extremos, ejecutados en madera por el escultor Estebes y blanqueados para darles la apariencia del mármol; y entre ambos resplandece un sol de rayos dorados, en cuyo centro, cercado de nubes, se ve el misterioso triángulo, emblema de la Trinidad y Unidad divinas” (16).

En efecto, el triángulo equilátero, figura perfecta por tener sus lados exactamente iguales, es el emblema de la Trinidad y Unidad divinas, pero también es el símbolo más importante de la francmasonería. El “Delta” o triángulo luminoso con el ojo de Dios al centro -como se ve en el remate del retablo de El Salvador- significa, asimismo, al Gran Arquitecto del Universo contemplando la Creación.

La luna y el sol, alusivos también a la Creación, aparecen frecuentemente al lado de la cruz en las representaciones medievales del Calvario como símbolos del Antiguo y Nuevo Testamento. Sin embargo, su vinculación con el tema de la Transfiguración no deja de ser una rareza iconográfica.

Delante del retablo mayor se encuentra, exenta, la mesa de altar con el tabernáculo, palabra que significa tienda.. El tabernáculo, que se compone de sagrario -donde habita el Dios vivo entre los hombres- y expositor superior, tiene forma de templete circular, sostenido por cuatro pares de columnas y cubierto por el cortinaje de un arabesco pabellón de tela, inspirado en aquella tienda del desierto que Yavé ordenó tejer para cubrir al Santo de los Santos. Para el pueblo judío, el tabernáculo era la tienda donde se manifestaba, entre los querubines, la “Shekinab”; es decir, la “Gloria” o “Presencia” real de Dios.

En los laterales del sagrario existen dos relieves tallados en madera que representan a David y a los ancianos y jefes de Israel, entre espirales de incienso que queman en honor de Yavé. A su lado, dos ángeles turiferarios, de tamaño casi natural, recuerdan aquellos otros que Salomón hizo colocar en el santuario o sancta sanctorum del templo de Jerusalén. Allí, cubierto por el velo y las alas de los querubines, se encontraba el santo tabernáculo de Dios, donde estaba depositada el Arca de la Alianza desde la sedentarización del pueblo de Israel.

El centro y corazón de la logia masónica, cuyo simbolismo se inspira en el templo salomónico, es el altar o ara, situado en el lugar que aproximadamente correspondía al tabernáculo con el Arca de la Alianza. Sobre el altar aparecía la biblia, el libro sagrado que recoge la revelación de la Palabra, abierta por los versículos de Reyes o Crónicas (donde se menciona la construcción y las medidas exactas del templo de Jerusalén) o bien por el prólogo del evangelio de San Juan: “En el principio era el Verbo…”, alusivas a la edificación del templo espiritual, residencia eterna de la sabiduría y la inteligencia del Supremo Creador (17).

Encontramos el mismo texto del Nuevo Testamento en el lado del evangelio del testero de la capilla mayor de la iglesia de El Salvador (“CAPUT I. IN PRINCIPIO ERAT VERBUM, …”), ¿mera coincidencia? En el otro lado, aparece el capítulo primero de San Mateo, autor del primero de los cuatro evangelios, que comienza con la genealogía de Cristo (“CAPUT I. LIBER GENERATIONIS JESUCHRISTI FILII DAVID…” ). Ambas inscripciones -las primeras piedras del templo espiritual-, sobre fingidos pergaminos que sostienen el águila de San Juan y el ángel de San Mateo, fueron pintadas en 1843 por el párroco don Manuel Díaz (18).

El templo masónico, donde se reúne la logia, simboliza a la vez el templo de Salomón y el Cosmos. En él se dan una multitud de correspondencias simbólicas que permiten percibir las relaciones armónicas del universo. Nada de este templo es superfluo ni puesto al azar y cada símbolo refleja un matiz particular de esa armonía. La construcción de una logia masónica partía de la idea directriz marcada por el número de oro o divina proporción, regla que era utilizada por los arquitectos y constructores medievales (19).

Simetría y orden, equilibro y belleza, proporciones armónicas fueron, asimismo, las ideas que inspiraron a los presbíteros Díaz y Martín de Justa; en este sentido, un texto del poeta Antonio Rodríguez López (1868), en el que expresa su admiración por el nuevo tabernáculo y retablo mayor, no puede ser más significativo:

“Y no es sólo la hermosura particular de aquel templete lo que allí se admira; es la agradable proporción de éste con cuanto le rodea, la artística armonía que relaciona unos detalles con otros y forma de todo el conjunto una unidad de belleza inimitable. Altar, retablo, tabernáculo, ángeles, transfiguración, sagrario, todo se armoniza allí admirablemente, nada falta ni nada puede añadirse sin truncar aquel conjunto de grata hermosura, de poética gallardía y de majestuosa severidad: es un acorde de que no puede alterarse una nota, un poema en que no puede borrarse una imágen, un cielo en que no puede añadirse una nube ni apagar un astro” (20).

La logia masónica sintetiza la totalidad de la vida universal, del Cosmos. Es, pues, una imagen del mundo, una “Imago Mundi”, un prototipo del mismo reducido a su forma esencial (21). Por ello, el techo de las logias representa el espacio infinito y diáfano, el cielo o bóveda celeste estrellada en el que se mueven todos los cuerpos del universo.

Los techos de la iglesia de El Salvador fueron profundamente transformados en el siglo XIX. En 1851, don Manuel Díaz manifestaba su deseo de reformar las cubiertas de madera de las naves:

“Si se les diera algo más de elevación y se les pusiera sielos rasos, como ya los tienen las capillas mayor y laterales, todo correspondería al sagrado destino del edificio y al general y justo deceo de que se remedie esta pesadez y obscuridad de techos que tan mal representan la elevación y claridad del cielo a donde los fieles dirigen sus oraciones” (22).

Con anterioridad, en 1818, Martín de Justa y el cura Díaz dirigieron la construcción de la bóveda de la capilla mayor, decorada en 1895 con una visión celeste de la Santísima Trinidad (23). La bóveda de medio cañón, la primera que se construyó en la isla, sustituyó a una techumbre de madera anterior, rompiendo así con una tradición -la de la carpintería mudejárica- que se había mantenido inalterable durante siglos.

Por último, debemos mencionar el triángulo inscrito en un círculo que aparece en el centro del techo raso de la Sala capitular, a espaldas de la cabecera de la iglesia. Esta nueva dependencia, que presenta original planta semicircular, fue proyectada por don José Joaquín Martín de Justa en 1816 (24). Recordemos que el triángulo, la escuadra y el compás (con el que se traza el círculo, figura geométrica considerada como imagen del cielo y de la divinidad) son los emblemas por excelencia de la masonería.

 

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